Supe
en la respuesta esquiva que Monroy se traía
algo entre manos; Vi que los respaldos de los asientos
vacíos se apretaban contra el borde de la
mesa, como si en su paso por la sede, aquellos
dos no hubiesen alcanzado siquiera a sentarse.

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α
Oscurecía cuando ingresé en la sala.
Había faltado a la última reunión,
la semana anterior, y estaba ansioso por conocer
lo que Sapiro, en un encuentro callejero y furtivo,
me había adelantado como “la mayor conquista
de la cofradía y, probablemente, de la filosofía
toda”. Monroy estaba erguido en su silla, con
ese aire de barrigón satisfecho y expectante,
las piernas abiertas, las manos regordetas apoyadas
sobre los muslos, como si un instante antes se hubiese
remangado los pantalones para sentarse y sostuviera
todavía las arrugas de la tela entre sus dedos.
Pero el cenicero lleno, el olor del tabaco frío,
dejaban ver que había estado sentado, fumando
mansamente mucho antes de que yo llegara. De no ser
porque lo conocía de tanto tiempo y sabía
que esos hoyos en sus mejillas, como ombligos espontáneos,
denunciaban una sonrisa de bienvenida ―una
sonrisa que en general pasaría inadvertida
bajo la cascada gris de su bigote―, me habría
sentido intimidado por aquel gesto de cacique mudo.
Colgué mi abrigo y mi sombrero, empapados
por la lluvia, y pude ver que junto al sombrero de
Monroy estaba el de Sapiro, su saco azul, y más
allá, la capa y el sombrero negros de Cartoffel.
Caminé y miré escaleras arriba hacia
la puerta del desván. No parecía haber
nadie allí.
-―¿Dónde están Sapiro y Cartoffel? ―le
pregunté a Monroy, acercándome a la mesa, redonda y desierta.
Era extraño que esta vez no hubiesen libros o papeles arrugados.
―No tardarán en regresar ―me dijo, invitándome
con las manos extendidas a que me sentara.
Había tres sillas además de la que ocupaba Monroy. A su
derecha se sentaba Sapiro; a su izquierda, Cartoffel. Yo me sentaba enfrente
de él. Me dejé caer exhausto.
-―¿Adónde fueron estos dos? Sus abrigos están
colgados en el perchero ―señalé. Pero antes de que pudiera
responderme, volví a preguntar―: ¿Te sobra algún
cigarro? Preciso fumar.
―Claro ―dijo Monroy con su habitual calidez, sacó la
tabaquera de su viejo chaleco y me la acercó para que yo escogiera.
―Gracias ―Tomé uno al azar. ―Al fin un poco
de fuego en medio de tanta agua.
Encendí el cigarro. El humo dejó ver pronto el cono de
luz que caía a desgana sobre la mesa.
―Bueno ―volví a inquirir―, ¿y entonces
adónde fueron Sapiro y Cartoffel con esta lluvia?
―Ya sabes cómo son ―contestó Monroy―:
lluvia, no lluvia, todo les da más o menos igual.
Supe en la respuesta esquiva que Monroy se traía algo entre manos;
Monroy y quizá también Sapiro y Cartoffel. Vi que los respaldos
de los asientos vacíos se apretaban contra el borde de la mesa, como
si en su paso por la sede, aquellos dos no hubiesen alcanzado siquiera a sentarse.
―¿Y cómo has estado estos días? ―pregunté para
amenizar un poco la conversación.
―¡Maravillosamente bien! ―exclamó Monroy. Era
entusiasta, pero su respuesta parecía deberse a un motivo específico
más que a su natural optimismo. Encendió un cigarro y no tardó en
agregar―: Lo hemos conseguido, Tulp. ¡Lo hemos conseguido! Las
Formas Puras. ¡Las hemos visto!
Me sobresaltó la noticia; me despertó sospechas, escepticismo,
envidia. Me indignó.
―¡Pero cómo no me avisaron! ―protesté escandalizado.
―Los estatutos son inflexibles, no preciso recordártelo.
Faltaste la semana pasada.
―¿Pero dónde? ¡Cómo!
-―Aquí ―dijo
Monroy y liberó una bocanada de humo hacia el
lugar de Sapiro. La danza de las volutas hizo reaparecer
el cono que proyectaba la lámpara, pero para
mi sorpresa, más allá del respaldo de
la silla vacía, se hizo patente con el humo
un Triángulo de luz que flotaba inmóvil.
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